Osvaldo Picardo
(Mar del Plata, Argentina, 1955). Docente e investigador universitario, exdirector de la Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata (EUDEM). Director de la revista La Pecera desde 2001 hasta 2009, en que se publicó su último número en papel; actualmente continúa con su web y versión digital. Algunos libros de poemas: Quis quid ubi: Poemas de Quintiliano (1998), Una complicidad que sobrevive (2001), Mar del Plata (2005 y 2012), Pasiones de la línea. Poemas de Nicolás de Cusa (2008); O.P.Vida de poesía (2008) y 21 gramos (2014). Ha traducido junto a F. Scelzo y E. Moore The love poems de James Laughlin y otras versiones suyas de E. Pound, D.H.Lawrence, M. Yourcenar o K. Rexroth han sido publicadas en revistas y en periódicos.
Ha escrito ensayos y crítica literaria para publicaciones y periódicos del país y del extranjero, así como en catálogos para exposiciones plásticas y revistas culturales del país y del exterior como La Estafeta del Viento, de Casa de América (en Madrid), Cuadernos Hispanoamericanos, de AECI (Madrid) y Hablar de Poesía (Buenos Aires). Entre 2010 y 2012 colaboró con el Suplemento literario de la agencia Télam.
Poemas de Osvaldo Picardo
El primer pájaro
En la siesta, la chicharra y el árbol aquel,
en medio de nada, dibujaron una isla de sombras.
La mañana entera miré el metal del mar,
y casi sin aliento, nadé a la orilla del cansancio.
Traje silencio y hambre. Sentado
a la oscura frescura del verano oímos
un chasquido sobre la cabeza.
Y el primer pájaro del universo cantó.
Pechito colorado, me dijo el tío Mario:
No lo olvides cuando cierres los ojos.
El caracol
A Guillermo Thoubet
Pegado al cristal repta
sobre un fondo reverdecido.
Mi reino se desplaza velozmente
alrededor de este caracol,
tanto que se le hace invisible,
apenas una sombra breve.
El caracol pegado a la ventana
con su casa a cuestas
no estará allí a mi regreso.
El universo es cosa de velocidades,
una ecuación de tiempos y escenarios.
Guillermo tenía leucemia,
reptaba en su cristal
sobre un fondo de primavera.
Tuvo miedo, me dijo su compañera.
Creyó ver algo más veloz,
apenas una sombra al final del pasillo.
Tampoco él estará allí a mi regreso.
Sólo la lentitud del caracol,
pienso, mirando a través,
tiene el peso necesario para lo eterno.
Cae con precisión en las grietas del tiempo.
Picaflores
Antes de correr la cortina frente a las calas
la velocidad se congeló en el aire.
Primero fue uno borroneando las alas
en el hilo desatado ante un gladiolo.
El otro cayó al lado en rebote pausado
y giraron trenzando el tallo de la tarde.
No los habías visto hasta entonces. Luego
leíste que tienen corazones enormes
para el tamaño diminuto de sus cuerpos.
Y también,
que mueren de quietud durante el sueño.
La mano de dios
Diestro aquel en volver con distra planta la pelota
que huye, compensando con los pies el oficio de las manos…
Astronomicon de Manilio Antíoco
(circa s. d.C.)
La pelota escapa con la poca elegancia
de una cabeza decapitada; rompe
con leyes de quietud y buenos modales.
Pudiera ser algún domingo por la tarde,
con calles vacías y un silencio de pájaros.
Pudiera ser en cualquier parte,
en cualquier tiempo, efeméride patria
y/o circo romano.
Pero sólo fue
en un lugar y un momento. La cosa es
que el salto está todavía en el aire,
en el extremo exhausto de un músculo
contraído por una guerra y una derrota.
En el sexto minuto nació,
de un empatado segundo tiempo.
Y en la ovación gloriosa, Maradona
por encima del inglés se eleva.
Después fue otro día, apenas salió el sol
se habló de trampa y hasta de dios.
México, junio de 1986